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viernes, 20 de mayo de 2016

La nueva izquierda y el Gran Hotel Abismo

Unas nuevas elecciones (que no una repetición de las anteriores) se celebran dentro de apenas un mes. A estas alturas, hacer pronósticos políticos sobre el resultado de las elecciones no sólo conduciría al hastío propio y de mis lectores, sino que lo igualaría uno a esos columnistas de batín y zapatillas que pueblan los medios de comunicación (otros prefieren llamarlos líderes o caudillos mediáticos) y parasitan la sociedad en general. Menos aún, ejercer de consejero áulico y exponer por qué un partido debe pactar con otro o cómo hacer para ganar las elecciones, o más escaños, etc., etc. ad nauseam. Dejemos eso, en todo caso, para los momentos dipsomaníacos en los que el mundo parece poder ser diseñado a impulsos de la voluntad.

Mi propósito en este espacio es, más bien, ejercer una mirada crítica a la política, y pasar por encima (eso se lo podemos dejar a los periódicos) de los conflictos por las listas,  del redondeo de votos en el sistema electoral o de la propagación ridícula de los argumentarios por concejales perplejos. Prefiero hacer una llamada de atención sobre el modo en que se desenvuelve este ritual político que, por rutinario, damos por sentado. Incluso el partido emergente, cuyos líderes se llenaban la boca, hasta hace poco, de participación popular y proceso constituyente, se ha integrado de forma plena en el sistema político representativo y utiliza, sin mayor cargo de conciencia, los procedimientos y usos habituales, teniendo en cuenta a la ciudadanía sólo a base de encuestas.  Hay que señalar, al respecto, que al menos los principales partidos (entendiendo por "principales" lo que han tenido hasta ahora mayores cuotas de poder, número de votos y de diputados) insisten en pretender encarnar en ellos ciertas esencias ideológicas, en una especie de transubstanciación de los pretendidos valores (liberales, socialdemócratas, etc., aun en su casi infinita variedad). Así, los ciudadanos, más o menos seguros, más o menos vacilantes, de sus convicciones sobre cómo es el mundo y sobre cómo debería ser (combinando una evaluación descriptiva con otra normativa) estarían abocados a identificarse con unos u otros. Nada nuevo, sin duda. 


Sin embargo, debo recordar, aun a riesgo de expresar lo obvio, que los partidos políticos, a pesar de sus pretensiones metafísicas, no son más que minorías organizadas. Es decir, un grupo de personas, que cuentan con una mayor o menor capacidad para intentar convencer a la mayoría atomizada de que hará bien en dejarse gobernar por ellos. Esta visión está privilegiada por la tradición liberal y, más concretamente, por las diversas constituciones de este cariz que en el mundo han sido. El archiconocido artículo 6 de la Constitución reza así: "Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos" (la cursiva es mía). Es en este sentido en el que, desde la perspectiva liberal, la participación política legítima está canalizada principalmente (fundamentalmente) por los partidos políticos que concurren en elecciones periódicas, libres y competitivas. De hecho, en estas décadas hemos asistido a la sistemática cooptación de asociaciones y movimientos ciudadanos de todo tipo por los partidos políticos. Esta tendencia, a pesar de haber sido desafiada a partir, sobre todo, del 15-M, se ha revigorizado con la asunción selectiva por el partido emergente de los principios movilizadores de gran parte de los colectivos ciudadanos que desde aquel momento se constituyeron.


El asunto, no obstante, no es baladí: la ciudadanía no tiene por qué dar por sentado nada de lo que otros hayan decidido. Es normal la instauración de procedimientos y mecanismos para la ulterior resolución de problemas que afecten a la colectividad. Lo que es discutible es que ninguno de ellos haya sido sometido al debate ciudadano. En España lo habitual es que la participación ciudadana se entienda como legitimación plebiscitaria, algo a lo que no ha escapado, tampoco, el partido emergente. Quizá sea el momento de que los partidos tengan el espacio que merecen, que, a tenor de su infiltración en las instituciones y la patrimonialización del Estado a su cuenta, debería ser mucho menor que el ocupado hasta ahora. Quizá lo sea, también, de que la ciudadanía amplíe su capacidad problematizadora y decisoria. Es posible que consideremos que muchos ciudadanos son estúpidos e ignorantes, y sin duda no nos equivocaremos. No obstante, muchos políticos también lo son, y apenas se discute su legitimidad para tomar decisiones al haber resultado elegidos. La participación ciudadana no sólo contribuye a reforzar la legitimidad de las decisiones (previo debate) sino que es muy probable que contribuya a aumentar la calidad epistémica de ellas dado que, al fin y al cabo, por simple cuestión de probabilidad, hay más gente comprometida, justa, inteligente y experta fuera de las instituciones que dentro. Aclaro que considero que no hay que exigir un ciudadano heroico, todo el tiempo coherente entre valores públicamente declarados y acciones privadamente realizadas, ni entregado en cuerpo y alma a la búsqueda de información política o movilizado sin desmayo por una causa u otra. Es más sencillo pedir y reforzar una actitud crítica, sin que importe de dónde venga el llamamiento a la conformidad y a la sumisión. Necesitamos una ciudadanía crítica con el Estado, crítica con los partidos, crítica con las empresas, crítica con la sociedad civil y, finalmente, crítica consigo misma, con el oído aguzado a las injusticias, sensible a la desigualdades.


Es lógico que los partidos tradicionales sospechen del empoderamiento político ciudadano, que es tanto proceso como resultado de mayor implicación en la política: de hecho, llevan gestionando el poder desde hace décadas casi sin oposición, dado el consenso, eficazmente construido vía medios de comunicación, que existía sobre el crucial papel de los partidos. Lo llamativo en este, si se puede llamar así, nuevo ciclo político es que el partido emergente, tanto en su funcionamiento interno como en su acción en las instituciones en las que ha alcanzado cuotas de poder, ha mostrado un continuismo que calificaría de flagrante, por su contradicción con el espíritu que decía animarle (a tenor de las declaraciones de sus portavoces más conspicuos). Continuismo porque no se ha apartado de las prácticas de los otros partidos por las que, en el ámbito interno, se prima la cohesión a expensas de la pluralidad; continuismo porque en el ámbito externo adolece del paternalismo característico de los partidos tradicionales, por el que suele manifestarse que conoce mejor los intereses de los ciudadanos que ellos mismos. Al fin y al cabo, la legitimidad que se obtiene al haber sido democráticamente elegidos, por los procedimientos sancionados por las leyes, los habilita, según se desprende de su acción política, para fundirse en un solo cuerpo con la ciudadanía y así poder dirigirla -o sancionarla- cuando sea menester. Además, el partido emergente sufre de la mayor intolerancia hacia la crítica. Mayor, en mi opinión, que los partidos clásicos, ya anclados desde hace tiempo en el cinismo y en el ensimismamiento. Dado que según sus simpatizantes este nuevo partido representa a la izquierda de verdad (y más aún tras su coalición electoral con IU), cuando no es un partido transversal, según sus líderes, cualquier crítica hacia él se toma no como una oportunidad de enmendar errores y mejorar sus planteamientos, sino como un ataque a su supuesta actividad emancipadora y democratizadora. En definitiva, el crítico se convierte en un huésped del Hotel Gran Abismo donde rumia su envidia y masculla su frustración mientras otros, estos sí clarividentes, se empeñan en cambiar el mundo.


martes, 4 de noviembre de 2014

La ira del pueblo


Dado el prestigio que gozo entre mi menguante número de lectores, y ante los reiterados silencios de mis amistades más próximas, me he visto obligado a dar en este post mi opinión ante los últimos acontecimientos políticos. Exacto: hablaré de Podemos por primera vez tras su irrupción en las elecciones europeas y en el escenario mediático-político de este desvencijado país.


Una cosa llevó a otra, ingenuamente, y aquí estoy...
Hace unos días, un sondeo encargado por un periódico de ámbito nacional colocaba a Podemos como primera organización en intención de voto de los españoles en unas elecciones generales. Conocida es por Vds. mi opinión sobre dichos sondeos: más herramienta de propaganda política que ciencia de las preferencias ciudadanas; más medio de manipulación que instrumento de análisis. Esta también lo es, sin duda, por no mencionar los comentarios a las cifras así como el editorial del mismo periódico, en los que se venía a decir que tal agregación de preferencias se debía a la "ira ciudadana". No es ingenua esta explicación. La ira, como pueden imaginar, no es la expresión de una opción razonada ni argumentada, sino la manifestación irracional hacia hechos reales o imaginados que indignan u ofenden al portador de ese sentimiento. Fue a Marat, por cierto, a quien se le denominó La ira del pueblo, en la Revolución Francesa, y así acabó. Sin embargo, y más allá de la tosca asociación histórica, de la conveniencia política o de la ingeniería social que se escondan detrás de la publicación de dicha encuesta, parece indudable que Podemos se muestra como una opción de voto sólida y en permanente ascenso para las próximas elecciones autonómicas y generales. 



¡A pragmático no me ha ganado nadie en la vida! (foto: Wikipedia).

Se podrán argüir numerosas y razonables objeciones respecto del programa económico de Podemos. Es notable, no obstante, que sea casi de modo exclusivo en ese ámbito donde se producen. Es decir, aun siendo de importancia fundamental el programa económico de un partido con aspiraciones de Gobierno, también resulta determinante su concepción del Estado y de la política, su antropología y su modo de intervención en la sociedad y en la cultura que ésta genera. En torno al programa económico, nada se gana, del lado de los detractores, con despacharlo como "utópico", "populista", "trasnochado" y adjetivos de ese jaez. Sin entrar en profundidad en un debate en el que no soy experto, es fácil comprobar que no todas las políticas pragmáticas y realistas llevadas a cabo (o intentado) por los gobiernos anteriores han cumplido sus objetivos y que, en la actualidad, además, nos encontramos en una profunda crisis económica con enormes cifras de paro, pobreza, desigualdad social y emigración (salvo que, en un sesgo tenebroso, nos atraviese el pensamiento de que sí se buscaba un aumento del índice del paro como excusa para precarizar el trabajo, que también implicaba eliminar o reducir a la casi insignificancia a los sindicatos; que, además, caigamos en la cuenta de que a las grandes empresas no les importe demasiado una disminución del consumo de parte de la población porque sus beneficios provienen de inversiones financieras no productivas, etc., y sus nichos de mercado no se resienten). No se le puede  reprochar a una formación política que, convenientemente asesorada, busque maneras diferentes  y justas de no sólo superar la crisis sino de proteger a los ciudadanos como prioridad, dado, sobre todo, el escaso entusiasmo que por este último objetivo ha mostrado el actual Ejecutivo. 

Es posible que algunas medidas de un futuro Gobierno Podemos fracasen: las veleidades de la fortuna y los errores de cálculo son inevitables, por no hablar de las presiones externas e internas de aquellos que se consideren perjudicados, pero lo que parece impensable por nadie, al menos a estas alturas, es que se les pudiera acusar de fomentar a sabiendas la desigualdad social, la injusticia o de favorecer la plutocracia. No es poco para unos ciudadanos que llevamos viviendo 36 años de democracia tutelada en régimen de visitas cada par de años para votar y en los que la corrupción político-empresarial se ha normalizado como si fuera ínsita al sistema; 36 años en los que el conformismo, el consumismo y el individualismo a costa de terceros eran la tríada de virtudes ciudadanas alabadas por políticos y medios de comunicación. Características que la ciudadanía absorbimos de manera mayoritaria sin pensarlo demasiado, también es verdad. Podríamos decir que la corrupción no solo fue económica  o política, sino, y es lo peor, también social.


"No es el momento de abrir el melón" (foto: Wiki).

Por otro lado, el fomento de la participación y de la crítica ciudadana, el reforzamiento de la sociedad civil, la reforma de los medios de comunicación, la eliminación y desprivatización (o nacionalización) de los oligopolios en los sectores esenciales para la economía como los de la energía o el agua demuestran, a mi manera de ver, la apuesta, no sólo de Podemos sino de otros partidos como Equo o la miscelánea de movimientos que representa, por ejemplo, Guanyem o los diversos Ganemos que brotan por doquier, por un Estado fuerte y por una ciudadanía robusta. En mi opinión, sería importante, como uno de los primeros pasos, una profunda reforma de las administraciones locales por las que se abrieran a la participación y fiscalización de los vecinos, en la medida y con las herramientas que el número de habitantes permitiera.

 Además, la antropología de estas nuevas organizaciones políticas no parece ser la del liberalismo: ser humano por naturaleza egoísta,  sólo preocupado por satisfacer sus preferencias y deseos fijados de antemano, como la que representa la teoría de la elección racional o la teoría de juegos. Ni tampoco la del neoliberalismo: la competencia como norma básica, la recompensa del mercado como indicador del éxito, el individuo flexible y disponible: empresa de sí mismo; los débiles y los ineficaces destinados por sus taras, debilidades o falta de eficiencia a la periferia económica y social del sistema. La impresión que me produce Podemos y los demás movimientos políticos mencionados es que no renuncian a las conquistas liberales de los derechos individuales (las libertades de los modernos), pero desean recuperar o, más bien en el caso de nuestro país, implantar el espíritu republicano de la voluntad popular y del bien común, y la implicación activa del ciudadano en la política (las libertades de los antiguos). Con conocer la concepción del ser humano que tengan los partidos políticos, tendremos una medida del espíritu que los guiará cuando ocupen el Gobierno.


Aunque ausente, estoy presente.

No es difícil imaginar, también, que la inercia apolítica de décadas actuará de rémora ante lo que parece una marea creciente de apoyo popular. En todos los estratos sociales, aquel conformismo o indiferencia hacia todo lo que no sean las propias necesidades no se ha diluido de la noche a la mañana. Ese desprecio por lo que se ignora, esa pereza a lo nuevo, y que, por tanto, resulta inquietante, terminan siempre constituyendo el apoyo más sólido del sistema,  lo que de verdad refuerza el statu quo. Tal inquietud se alienta de manera conveniente, hasta transformarla en miedo, por los medios de comunicación y por los partidos políticos tradicionales, embarcados desde hace unos meses en sus campañas de desprestigio contra esta nueva formación política y contra las plataformas ciudadanas de nuevo cuño. Es sintomático, sin embargo, que tanto Podemos como los movimientos sociales y los medios de comunicación alternativos han surgido en su mayor parte después del fenómeno colectivo del 15-M. Quizá sea temerario asegurar que se está produciendo un cambio de conciencia colectiva o gestándose un nuevo imaginario político.  Aún más, que dicho cambio sea  irreversible. La erosión o eliminación de los derechos que se habían conseguido en el último siglo y que, al creerlos naturales, nos pareció que no había necesidad de protegerlos activamente, nos convencen de la necesidad de no olvidar que siempre son contingentes, que la lucha, aunque soterrada, no concluye nunca. Como dijo hace poco un mediocre político local que nunca ganó unas elecciones: "Podemos promete un paraíso inexistente". Pues bienvenida sea esta época en la que, al menos, es posible soñar.