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domingo, 5 de octubre de 2014

De los libros a la participación política

Son días de soledades varias y de tardes inmensas, como avenidas moscovitas. Tardes para leer y para pensar. Algo menos para escribir, me temo...  Una entrada de blog, sencilla, podría ser la enumeración y breves comentarios de lo que llevo leyendo el último mes o año. Por si fuera de interés para alguien más, como para esos sufridos seres humanos que, a despecho de mi estilo y de los temas de los que me ocupo aquí, emplean parte de su tiempo en leerme. Se lo agradezco, y no sólo por vanidad. Respecto de mi capacidad de comprender todos los conceptos, diría que unos cuantos, sí, y, más de lo que creo, muchos no. En ocasiones uno está más receptivo para unos asuntos y enfoques que en otras; a veces, se disfruta de lucidez para abordar problemas complejos, y en cambio, con frecuencia, es imposible pasar más allá de una página sin preguntarse si uno se ha vuelto analfabeto funcional.



De mayor, quiero ser librero.


La desesperación de un lector maduro como yo no es sólo el tiempo que le queda por leer todo lo que querría, sino el tiempo perdido en que no se leyeron aquellos libros cuando más fructíferos podían haber sido. Con la política, pienso lo mismo. La interiorización del pensamiento consumista, individualista y, sí, neoliberal es asombrosa, y sólo se revela cuando se hace un ejercicio de extrañamiento a base de lecturas y conversaciones de cierto nivel intelectual. Debe haberse producido un desarrollo en los juicios y en los valores, un cuestionamiento de usos y costumbres que se haya vuelto sistemático. Al final, todo retorna a la lectura, al estudio y a la reflexión. A continuación, lo leído y lo reflexionado se utiliza en el debate y la discusión. Y volvemos al principio. No es complicado: es cuestión sólo de dos elementos no siempre disponibles: voluntad y tiempo. A estas alturas, uno no lee libros malos. Esa frivolidad no está permitida. Es más, ni llegan a la mesa. Debe de haber un amigo invisible que los tira por la ventana antes de que se perciba su presencia. Los libros son más o menos interesantes, más o menos complicados. Los únicos textos que leo a los que podría calificar de malos por su caída en falacias, errores, frases hechas o simple mala fe son las columnas de opinión de los periódicos, cómo no.


"¡Venga Vd. mañana, hombre!"

En la entrada anterior a esta, me atreví a señalar a algunos de los columnistas locales que me parecían malos (basándome en las características que he señalado), aun a sabiendas, o quizá por eso, que todos los que escribimos en el espacio público estamos expuestos a la crítica por la propia naturaleza de ese espacio. De todos modos, sólo seleccioné un par, a modo de ejemplo. En la prensa local hay unos cuantos más, ubicuos, pertinaces e insufribles, y con sus artículos se podría escribir una enciclopedia sobre falacias en la argumentación. Ahora bien, yendo más allá del artículo o columnista concretos, me arriesgo a afirmar que no es suficiente limitarnos al papel de lector. Me explico: encontrarnos ante un artículo de opinión, leerlo y juzgarlo no es suficiente. También deberíamos preguntarnos quién es esa persona, por qué escribe lo que escribe y, también, quién le ha permitido ese espacio y con qué intención. Esta última pregunta es especialmente relevante en los medios de comunicación tradicionales por su difusión y alcance, por la composición de su accionariado y del consejo de administración que los rige. Me atrevería a denominar este conjunto de preguntas como la desfetichización del columnista/articulista/líder de opinión/caudillo mediático.  Así, uno va abandonando la lectura de los periódicos nacionales por defraudación y se permite el de los locales sólo porque representan un campo de estudio menos normalizado, en el que el fraude intelectual y el contrabando moral son más visibles, como la hilera de hormigas a lo largo del tronco de un árbol. Esa visibilidad se produce, sin duda, por la incompetencia de sus instigadores y perpetradores. Sin embargo, en Internet, en los medios de autocomunicación de masas, esta relevancia se vuelve más tenue: para escribir un blog, por ejemplo, sólo se requieren ganas. Salvo excepciones, el blog individual no llega a tantos lectores como un medio de comunicación (tradicional o digital). Aunque las motivaciones sean inconfesables, el bloguero (y el twittero o instagramero o youtubero) no dispone del prestigio que eventualmente le presta el medio de comunicación a sus empleados y colaboradores.



Tú, cítame. Ya me leerás otro día.

Me atrevería a señalar, antes que lo hagan Vds., que, en la reflexión anterior, echo en falta el concepto de acción. A la lectura y la reflexión, al debate y a la discusión, debería seguir, en algún momento, la acción: la encarnación en el mundo social de aquella transformación moral e intelectual. La exposición en el espacio público es fundamental, condición necesaria. Dicha presencia o irrupción se lleva a cabo de diferentes formas:  sin pretensión de agotar su enumeración, pueden consistir en la presencia en una manifestación, en una toma de postura pública, si se tiene la oportunidad, vía medio de comunicación,  en el ocasional blog personal (como éste) y también en todas esas conversaciones informales con el conocido, la taxista, el portero, la vecina, el farmacéutico, la amiga jueza, el empresario... Sin desterrar todas esas conversaciones amables y corteses que lubrican las relaciones humanas, permitámonos también tiempo para el intercambio de argumentos (momento ideal) o para la discusión, aunque sea acalorada. Los gobernantes autoritarios detestan que la gente normal, la ciudadanía, hable de política. Les parece una especie de usurpación de roles inquietante. Aún mas les molesta,por tanto, que participe en política. Ese sería el siguiente paso.

Está por ver, no obstante, que la traslación a gran escala del debate al interior de los partidos políticos y de los nuevos "movimientos ciudadanos" sea eficaz en cuanto al planteamiento, tratamiento y solución de los problemas que preocupan a la mayoría de los ciudadanos (o no a la mayoría, pero que son relevantes porque afectan a derechos y deberes de minorías). La famosa tensión entre participación y representación, el problema de los grandes números, en definitiva. Las dificultades que surgen en el asamblearismo no son desdeñables, por lo que se requiere la creación de mecanismos y reglas que sin negar la voz al que lo desee (por lo que perdería su razón de ser una democracia deliberativa) sí que permita el filtrado de argumentos relevantes ajustados al caso en plazos razonables (que dependerán de la urgencia). A este respecto, es posible que en una primera fase de participación dichos problemas sean más ostensibles por cuanto que somos una ciudadanía poco acostumbrada a debatir y mucho menos a participar. Hasta hace poco, era de mal gusto hablar de política (y de religión) con extraños (e incluso entre familiares) y se consideraba de buen tono decir que uno "pasaba" de la política. Eso era el sentido común de entonces. La retirada del ciudadano a su vida privada, al ocio y al consumo y, quien tuviera ese espíritu, a los negocios, que se fomentó desde la mitificada Transición, ha conducido de un modo más o menos necesario a la decadencia de la clase política y al cuestionamiento de las instituciones desde el momento en que la economía (en sentido amplio) traicionó los "sueños de prosperidad" de la mayoría de los españoles. Albergo la esperanza de que transcurrido un tiempo, y ya más educados en el toma y daca de argumentos y buenas razones, más acostumbrados al diálogo, en definitiva, la dirección política sea más una cuestión de ajuste y organización de las contribuciones e inquietudes de los diferentes sectores populares que la de erigirse en vanguardia clarividente o paternalista. Queda un largo camino.

martes, 16 de septiembre de 2014

Periodismo del bueno


Si no fuera porque les haría una publicidad extra (aunque mínima) que no se merecen, consideraría la posibilidad de dedicar al menos un blog trimestral a aquellos artículos de opinión que, en mi irreductible subjetividad, me han parecido los más ridículos o los más estúpidos. Además,  el esfuerzo de leerlos de principio a fin supone un esfuerzo intelectual tan baldío que no puede llevarse a cabo sin consecuencias; y el tiempo se consume tan rápido que uno  lamentaría llegar a las puertas de la muerte con la consciencia de haberlo desperdiciado con tanta lectura inútil e insatisfactoria. 


Por sus palabras, los conocerán  (foto: Centro Filosófico).

Digo esto porque los dos últimos meses, que, por tradición veraniega, acaparan las noticias más banales y los enfoques más frescos, han sido, columnísticamente hablando (y disculpen el neologismo), bastante pobres. Aún peores que el resto del año, lo cual no deja de ser sorprendente. En mi opinión, el espacio público democrático debería ser variado, profuso, inclusivo y plural, por lo que no me entiendan mal: no propongo vetar a los malos columnistas sólo por no saber escribir, o por no ser capaces de hilvanar argumentos, de no tomarse la molestia de consultar datos ni por tener mala fe: todo lo contrario, propongo su estudio y ejemplo para las generaciones futuras. Éstas sabrán apreciar la multiplicidad de formas que parten de un pensamiento único, monocorde, unívoco, paternalista y arrogante hasta el hartazgo. En el otro extremo, el alternativo, que también existe, han aparecido, sobre todo en los medios de comunicación digitales, columnistas de izquierdas, cuyo discurso representa la otra cara del maniqueísmo  institucionalizado, que, aunque no lo quieran creer, refuerza el statu quo de las opiniones sensatas. El  espécimen que más me fastidia lo representa el sociólogo político progre, quien encubre su pereza intelectual con un andamiaje de pensamiento prefijado y que abjura del análisis del caso concreto. En los nuevos medios hay unos cuantos: les dejo a su elección cuál será para Vds. la Némesis del argumento lúcido.

En los medios tradicionales de ámbito provincial, como los que se editan, sin ir más lejos, en Canarias, es chocante leer a Catedráticos de Filosofía asegurando que los españoles tienen una esencia y que en nuestra idiosincracia duerme, al menos, una de las dos Españas, lista para despertar y abalanzarse con ánimo iracundo sobre la otra. O a un ex director de periódico pontificando sobre los nuevos partidos, que, a su docta mirada, no son sino "berlusconismo bolivariano", o improvisando sobre cualquier otra cosa con la misma mirada miope y con la misma torpeza impotente. ¿Se pregunta uno cómo fue posible que dirigiera alguna vez un periódico? No, más bien constata que el autodidactismo está sobrevalorado. Otro periodista de radio y prensa otea el horizonte y se pregunta en qué asunto va a dignarse a inocularnos una dosis de periodismo de investigación del bueno. Ya llegará a las conclusiones que hagan falta. En otro medio local, esta vez una emisora de televisión, un individuo alcanza fama nacional por insultar a todo aquel que le apriete el resorte de la indignación patriotera. Ejemplos los hay por decenas. En todo caso, no debería resultar chocante ni irrespetuoso el exigir que, como principio básico ético, ese periodista, columnista, tertualiano o analista político sobrevenido que se muestra a favor de tal o cual asunto, diera a conocer, primero, su grado de mediatización. No se puede apoyar el Womad, el Festival de Música, de Teatro o de Cine, subrayando lo bueno que son para la Cultura y blablá, sin explicitar que se ha tenido o se tiene relación laboral con la organización, o que ésta le paga los gastos de viaje y hotel y, además, le proporciona entradas VIP. No vale, en términos democráticos, que se intente construir un consenso ficticio en los medios acerca de las bondades de un Mundial de baloncesto o de la necesidad de un pabellón de deportes de 50 millones de euros porque nos va a situar en el mapa mundial del deporte sin que aparezca ninguna opinión disidente. Tampoco, salvo unanimidad nunca vista en sociedades humanas, que ese supuesto consenso oculte las miserias de los grandes proyectos empresariales: parques recreativos, acuarios, zoológicos, casinos, etc., esa disneyficación del territorio que disfraza la falta de provisión de servicios al tercio de la población que nunca cuenta. 


Te están disneyficando, y lo sabes.
El periodismo no es re-publicar una nota de prensa, ni reproducir la frase del político o del empresario que pone publicidad en el medio de comunicación, sino preguntarse qué hay detrás de aquellos proyectos, de las repercusiones en el territorio y en los ciudadanos, del rédito político y económico... En definitiva, que un periódico apoye o no a un Ejecutivo en función de la asignación de emisoras de radio o televisión o de la subvención encubierta vía publicidad, que se exalten las bondades del visionario empresario que se sienta el consejo de administración del medio no deja de ser engaño, fraude y manipulación en y del espacio público. No seré original al hablar de un verdadero "secuestro". No digamos nada de las grandes batallas ideológicas o de lucha por la hegemonía política en las que los medios de comunicación desempeñan un papel de primer orden que, acudamos a la Historia, no ha sido por lo general el de apoyar a los pobres, a los excluidos, a las minorías, sino, salvo excepciones, el de reforzar el sistema imperante de poder. El dinero y el poder lo son todo para gran parte de los actores del espacio comunicativo de nuestro país.


Soy una eminencia: salgo en este blog (Wiki).
Hablo en serio: el espacio del libre intercambio de ideas en Democracia debería ser mejor que eso. No es necesario tanto la sabiduría como la humildad, tanto la arrogancia del especialista como la propensión al aprendizaje. Seguro que tenemos derecho a dar a conocer nuestras opiniones, pero mucho mejor sería escuchar y ofrecer argumentos razonados y coherentes. No abogo por implantar a despecho de la realidad las condiciones ideales del diálogo habermasiano, ni pasar por alto las relaciones de poder, dominio y explotación, ni hacer abstracción de los diferentes valores y visiones del mundo que luchan por la supremacía en nuestra sociedad. Es, si el interés del bien común constituye el eje que vertebra nuestra concepción de lo político, luchar por que las aportaciones de todos los sectores de la sociedad puedan expresarse y oírse. No soy ni mucho menos el primero que considere que la univocidad del discurso no sólo redunda en el empobrecimiento político y moral de la comunidad, sino que puede llevarnos a un callejón de salida epistémico, por el que buenas soluciones a problemas nuevos están condenadas a su invisibilidad, sofocadas por la densa red de medios de comunicación serviles con el régimen y por los intelectuales, expertos y periodistas acríticos a los que se les dota de ubicuidad expresiva en el seno de aquellos. 

Cuando uno oye hablar tanto de la necesidad de "un nuevo proceso constituyente", es difícil evitar la tentación de querer otro paralelo para los medios en España. En ese sentido, no deja de parecerme positiva la aparición, ya hace unos años, de lo que Manuel Castells denomina "medios de autocomunicación de masas": todos esos contenidos de texto, audio o vídeo que cualquier persona puede volcar en la red y difundir a su lista de contactos o de manera masiva, sirviéndose de redes sociales o de sitios web de volcado y compartición. Aunque algunos periodistas (incluyendo a sus directores) se quejen del "intrusismo" o del "amateurismo", lo que parece claro es que en este "Babel polifónico", la confusión y la dispersión son el menor precio a pagar por la libertad de expresión y de información. No es la tradición del periodismo en nuestro país, salvo las obligadas excepciones de rigor, una a la que pueda apelarse para que sirva de norma ética y democrática ni para que estructure nuestra realidad, a la vista de lo que leemos y padecemos cada día.