Pretendía dejar pasar agosto, con sus nimbos despanzurrados, el bochorno de media tarde y esa sensación de tiempo a cámara lenta, sin escribir en este espacio, tan personal y tan público a la vez. Sin embargo, esa misma sensación de estanque comunal, de aire petrificado entre telarañas, ha hecho surgir en mí un deseo inconsistente de ruptura, espasmódica rebeldía, que se ha plasmado en las siguientes reflexiones:
Como si uno despertara de un enamoramiento tan incontrolado como fugaz, tras el cual el objeto de ese sentimiento aparece no tal y como es en realidad, pues a esa realidad no se puede acceder tal cual es, sino de modo aún peor, ya que reparamos en rasgos que incitan, ahora, a la hostilidad o al asco, así me ha ocurrido con lo político. Los usos, modos y costumbres de los partidos tradicionales han acentuado su ranciedad, aun vistiéndose alguno de ellos con ropajes de marketing anglosajón. No cambiarán. Ni siquiera podrían, aunque algún líder clarividente así lo pretendiera. Su imbricación con el sistema político y económico es tan fuerte, al igual que sus prácticas de clientelismo social, que no es posible imaginar que una renovación democrática igualitaria provenga de ellos. Por otro lado, los partidos emergentes siguen siendo una incógnita en cuanto a su gestión de gobierno, al menos en Canarias. En su funcionamiento interno, ya he hablado en artículos anteriores, por lo que sólo me cabe recomendarles su lectura para no repetirme.
En Las Palmas de Gran Canaria, el gobierno municipal formado por un tripartito progresista (PSOE, LPGC Puede y Nueva Canarias) ha demostrado, en sus escasos dos meses, un continuismo político total con respecto al gobierno anterior (PP). Cuando digo "continuismo" no me refiero a que se limiten a prorrogar o renovar las partidas presupuestarias, no, sino a que su concepción de la política, la economía y la sociedad es, en esencia, idéntica. Lo mismo podría decirse del otro pacto progresista, el del Cabildo insular de Gran Canaria (en este caso, Nueva Canarias, PSOE y Podemos). Es más, hasta los miembros del partido que podía suponerse, a priori, más contestatario, declaran su "orgullo" por formar parte del consejo de administración de instituciones deportivas o culturales propiedad de la institución pública.
En ambos casos, Ayuntamiento y Cabildo, los partidos nuevos, hasta el momento, han evidenciado únicamente que la satisfacción por canalizar las expectativas de renovación y democratización de las instituciones de gran parte de la ciudadanía se ven colmadas con la ocupación del poder (o parte de él). Hasta el momento, las promesas de participación ciudadana se han evaporado tras los calores de los festejos electorales, y todo el repertorio de medidas simbólicas se ha reducido a no aceptar entradas gratis para los eventos culturales y deportivos. A este respecto, es justo señalar que tanto PSOE como NC han sido exquisitamente coherentes con su trayectoria histórica y con su concepción de las jerarquías sociales y en ningún momento han considerado conveniente hacer lo mismo.
Es un lugar común señalar que cuantas mayores sean las expectativas, más profunda será la decepción. Por lo tanto, parecería razonable no esperar demasiado de estos grupos de gobierno y optar por refugiarnos de nuevo en la apatía política, cuando no en el desdén o en el cinismo. Sin embargo, no deberíamos volvernos coextensivos con las siestas de verano sino, en cambio, procurar mantener en alerta nuestra capacidad reflexiva y la conciencia crítica. No parece inteligente dejarlas en manos de nadie, ni de los partidos viejos ni de los nuevos. Éstos últimos no han demostrado nada todavía, y ni siquiera en el caso de que lo hicieran deberíamos delegar en ellos ni la responsabilidad ni la disposición a pensar las múltiples posibilidades de transformación democrática. Incluso, me atrevería a decir, sería un error cederles por completo la iniciativa, pues es dudoso que estén a la altura intelectual de la tarea y también que, en su caso, dispongan de la valentía política requerible. Necesitamos que los actores de la sociedad civil comprometidos con principios y valores democráticos y los ciudadanos que, tanto en la charla informal en la cafetería como en su particular tribuna en blogs como éste o por cualquier otro medio, muestran su interés por cómo se plantean, articulan y ejecutan decisiones que afectan a la colectividad no cejen en su actividad comunicativa de problematización, denuncia, protesta y visibilización. Sin ellos, tanto con partidos viejos como nuevos, con think tanks de derechas o de izquierdas, con sociólogos orgánicos de un lado o de otro, jamás conseguiremos hacer una sociedad más justa y más igualitaria, si es que es eso lo que queremos.
Por otro lado, no es descabellado pensar que salvo dos o tres colectivos prominentes, nuestra sociedad civil, la canaria, en particular, carece de la fuerza movilizadora necesaria para influir de manera significativa en las instituciones políticas. Más convincente es concebir nuestro espacio público como ocupado por grupos de interés, que, como tales, enfocan su actividad a sus propósitos particulares, a despecho o sin tener en cuenta el interés general. La concepción de una esfera pública en el que intereses egoístas dirimen sus fuerzas es quizá la que intuitivamente nos resulta más familiar. Grupos empresariales y partidos políticos, en interesadas, fluidas y sinérgicas relaciones con los medios de comunicación, acaparan los espacios de expresión. Los altavoces más potentes están a su disposición, las columnas de opinión se ocupan, de modo peculiar, de sus batallas, a veces en términos tales que resultan enigmáticos o incomprensibles para el lector ingenuo. Economía, política y comunicación se funden en una cópula asimoviana por la que se conciben leviatanes mucho más despiadados que el hobbesiano.
Como conclusión, si tenemos una sociedad civil en general desmovilizada, una esfera pública ocupada por empresas y partidos políticos y unas instituciones políticas representativas que consideran que la legitimidad periódica de las urnas es toda la que necesitan para ejercer su labor, el panorama que se nos presenta resulta desalentador, y la tarea para transformarlo, hercúlea.
Ya tienen tarea para septiembre.
Para hablar de actualidad, de política, de filosofía, de cine, de arte, de lo que nos interese: una visión compartida,
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jueves, 20 de agosto de 2015
jueves, 2 de julio de 2015
Pactos de progreso, por llamarlos así
Han pasado cerca de dos meses desde que decidí compartir por última vez mis reflexiones con mis lectores. Dos meses en los que han ocurrido tantas cosas, elecciones autonómicas y locales en medio, que considero, con mirada retrospectiva, que era una época más propia para la reflexión que para la expresión, para la reordenación de conceptos aplicables al panorama político que para el análisis crítico inmediato. Así pues, voy a centrarme, en clave local, en las expectativas generadas en parte de la población por la llegada al poder político de los nuevos partidos.
Tras la llegada de éstos y de la conformación de pactos de progreso de variado pelaje en las instituciones canarias, como en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria o en el Cabildo de la misma isla, la prudencia se ha adueñado de la esfera pública canaria, si por ella entendemos, meramente, los medios de comunicación locales. Dichos medios, sobre todo los diarios, en ese papel que se han arrogado ellos mismos de no sólo vigilantes de las instituciones públicas sino, además, de participantes en la misma mesa de las decisiones políticas, dan una de cal y otra de arena vía columnistas de opinión a los nuevos partidos: plataformas de confluencia y Podemos, básicamente. En cambio, si por esfera pública entendemos algo más amplio que los medios de comunicación tradicionales, las críticas han comenzado a surgir, así como la crítica a dichas críticas, por medio del mensaje de que éstas "dan munición" a la derecha (entendiendo por ella al PP), lo que no deja de ser preocupante por su mezquina concepción de la razón. A estas alturas, la disposición política de estas nuevas fuerzas mezcla una urgencia por ocupar parcelas de poder institucional con ciertos gestos de ostentación transgresora de carácter simbólico hacia la opinión pública y, en el caso por ahora exclusivo de Podemos, con la confirmación de la acelerada tendencia a controlar a las bases mediante exigentes procedimientos de primarias, convertidas en verdaderos plebiscitos, y el disciplinamiento de los elementos más díscolos tanto por marginación como por expulsión.
En este panorama político, la labor del ciudadano crítico, y no menos la del intelectual (figura de la que Canarias, por desgracia, ha estado tradicionalmente huérfana), es, por un lado, la de vigilar que el comportamiento de las instituciones públicas y, en especial, las de carácter representativo, se ajusten a criterios de legalidad, justicia e igualdad, y abogar por su democratización en la medida de lo posible. Por otro, es útil, dada la imposible omnisciencia y ubicuidad del individuo, valerse de los medios de comunicación. Pero servirse de ellos no debe significar que se asuman sus planteamientos, pues en numerosos casos dichos medios adolecen de evidentes (o más secretos) conflictos de intereses, que se manifiestan de manera transversal en su contenido. Es decir, que se reflejan tanto en editoriales, como columnas de opinión, entrevistas, artículos de fondo o noticias en general. Por poner un ejemplo, y sólo en su vertiente meramente económica, la perversión de un periodismo que se pretende de puertas afuera libre e independiente se plasma en la publicidad que se encubre como noticia, algo que, para el ojo entrenado, se percibe en los periódicos, y no sólo en los de papel. El cinismo ingente de dueños y directores de los medios en sus declaraciones públicas, profesiones de fe y discursos en jornadas sobre periodismo es ejemplarizante por la lección que representa para los que nos esforzamos por profundizar y mejorar nuestra democracia desde nuestro modesto espacio cotidiano, alejado de instituciones públicas y privadas fuentes de poder.
En este papel de ciudadanos activos, vigilantes y críticos, pero no insertos en organizaciones políticas ni en lobbies privados centrados en sus propios intereses, no podemos por menos que mostrar sorpresa por la actitud de las nuevas formaciones, que, por ejemplo en asuntos urbanísticos, ya han manifestado su acatamiento a las decisiones de los grupos de gobierno anteriores. Además, el ciudadano crítico debe darse cuenta de que no sólo se trata, por ejemplo, del dichoso acuario de Las Palmas de Gran Canaria o del futuro parque acuático en el sur de Gran Canaria, entre otros, sino también de la incapacidad política de poner en tela de juicio, siquiera a nivel conceptual, la trama de subvenciones a festivales, espectáculos, organizaciones culturales y clubs deportivos profesionales, sumidero secular del dinero público, por la que, de una parte, se priman los gustos minoritarios de los sectores más acomodados de la sociedad y, de otra, se favorece un control de la población (suele llamarse, con más amabilidad, "cohesión social") por la vía de la expresión políticamente inocua de las emociones, sobre todo en tiempos de crisis como los actuales. Es esa incapacidad de imaginarse otro marco de relaciones de los ciudadanos con las instituciones y de los ciudadanos entre sí lo que provoca, al menos a este que escribe, una profunda desazón, pues la entrada de grupos a la gestión municipal como Equo abría a priori la posibilidad de imaginar no sólo otro tipo de políticas, sino otra manera de pensar la política. Sin embargo, apenas han transcurrido unos días desde la constitución de alcaldías, cabildos y gobierno cuando comenzamos a despertarnos de los sueños de participación ciudadana. Si en los temas de enjundia y en los que no existe consenso social en absoluto (pese a que sí que lo haya periodístico y partidista) no se da traslado a la población para que opine (¡y que dicha opinión vincule!), ¿qué se dejará para la decisión popular? Son precisamente esos temas vedados normalmente a la información y conocimientos ciudadanos, esos asuntos urbanísticos, sociales, culturales, etc., que marcarán el devenir de la ciudad o de la isla, justo esas operaciones político-empresariales de calado, las que son problematizadas, las que deben ser analizadas y discutidas por la población. Si la democracia es el sistema por el que la ciudadanía no sólo participa en el gobierno sino que se da leyes a sí misma, me temo que estos grupos políticos de pretendida confluencia progresista como LPGC Puede o aquellos con aires (en su momento) rupturistas de base popular y empoderamiento ciudadano como Podemos están condenados a contradecirse a cada momento y, como inevitable consecuencia, a traicionar aquellas esperanzas que muchos depositamos en su momento y que algunos siguen manteniendo todavía.
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| Un pacto de progreso, según algunos. (foto: el diario.es) |
Tras la llegada de éstos y de la conformación de pactos de progreso de variado pelaje en las instituciones canarias, como en el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria o en el Cabildo de la misma isla, la prudencia se ha adueñado de la esfera pública canaria, si por ella entendemos, meramente, los medios de comunicación locales. Dichos medios, sobre todo los diarios, en ese papel que se han arrogado ellos mismos de no sólo vigilantes de las instituciones públicas sino, además, de participantes en la misma mesa de las decisiones políticas, dan una de cal y otra de arena vía columnistas de opinión a los nuevos partidos: plataformas de confluencia y Podemos, básicamente. En cambio, si por esfera pública entendemos algo más amplio que los medios de comunicación tradicionales, las críticas han comenzado a surgir, así como la crítica a dichas críticas, por medio del mensaje de que éstas "dan munición" a la derecha (entendiendo por ella al PP), lo que no deja de ser preocupante por su mezquina concepción de la razón. A estas alturas, la disposición política de estas nuevas fuerzas mezcla una urgencia por ocupar parcelas de poder institucional con ciertos gestos de ostentación transgresora de carácter simbólico hacia la opinión pública y, en el caso por ahora exclusivo de Podemos, con la confirmación de la acelerada tendencia a controlar a las bases mediante exigentes procedimientos de primarias, convertidas en verdaderos plebiscitos, y el disciplinamiento de los elementos más díscolos tanto por marginación como por expulsión.
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| ¡Hacia el progreso y más allá! (foto: eldiario.es) |
En este panorama político, la labor del ciudadano crítico, y no menos la del intelectual (figura de la que Canarias, por desgracia, ha estado tradicionalmente huérfana), es, por un lado, la de vigilar que el comportamiento de las instituciones públicas y, en especial, las de carácter representativo, se ajusten a criterios de legalidad, justicia e igualdad, y abogar por su democratización en la medida de lo posible. Por otro, es útil, dada la imposible omnisciencia y ubicuidad del individuo, valerse de los medios de comunicación. Pero servirse de ellos no debe significar que se asuman sus planteamientos, pues en numerosos casos dichos medios adolecen de evidentes (o más secretos) conflictos de intereses, que se manifiestan de manera transversal en su contenido. Es decir, que se reflejan tanto en editoriales, como columnas de opinión, entrevistas, artículos de fondo o noticias en general. Por poner un ejemplo, y sólo en su vertiente meramente económica, la perversión de un periodismo que se pretende de puertas afuera libre e independiente se plasma en la publicidad que se encubre como noticia, algo que, para el ojo entrenado, se percibe en los periódicos, y no sólo en los de papel. El cinismo ingente de dueños y directores de los medios en sus declaraciones públicas, profesiones de fe y discursos en jornadas sobre periodismo es ejemplarizante por la lección que representa para los que nos esforzamos por profundizar y mejorar nuestra democracia desde nuestro modesto espacio cotidiano, alejado de instituciones públicas y privadas fuentes de poder.
En este papel de ciudadanos activos, vigilantes y críticos, pero no insertos en organizaciones políticas ni en lobbies privados centrados en sus propios intereses, no podemos por menos que mostrar sorpresa por la actitud de las nuevas formaciones, que, por ejemplo en asuntos urbanísticos, ya han manifestado su acatamiento a las decisiones de los grupos de gobierno anteriores. Además, el ciudadano crítico debe darse cuenta de que no sólo se trata, por ejemplo, del dichoso acuario de Las Palmas de Gran Canaria o del futuro parque acuático en el sur de Gran Canaria, entre otros, sino también de la incapacidad política de poner en tela de juicio, siquiera a nivel conceptual, la trama de subvenciones a festivales, espectáculos, organizaciones culturales y clubs deportivos profesionales, sumidero secular del dinero público, por la que, de una parte, se priman los gustos minoritarios de los sectores más acomodados de la sociedad y, de otra, se favorece un control de la población (suele llamarse, con más amabilidad, "cohesión social") por la vía de la expresión políticamente inocua de las emociones, sobre todo en tiempos de crisis como los actuales. Es esa incapacidad de imaginarse otro marco de relaciones de los ciudadanos con las instituciones y de los ciudadanos entre sí lo que provoca, al menos a este que escribe, una profunda desazón, pues la entrada de grupos a la gestión municipal como Equo abría a priori la posibilidad de imaginar no sólo otro tipo de políticas, sino otra manera de pensar la política. Sin embargo, apenas han transcurrido unos días desde la constitución de alcaldías, cabildos y gobierno cuando comenzamos a despertarnos de los sueños de participación ciudadana. Si en los temas de enjundia y en los que no existe consenso social en absoluto (pese a que sí que lo haya periodístico y partidista) no se da traslado a la población para que opine (¡y que dicha opinión vincule!), ¿qué se dejará para la decisión popular? Son precisamente esos temas vedados normalmente a la información y conocimientos ciudadanos, esos asuntos urbanísticos, sociales, culturales, etc., que marcarán el devenir de la ciudad o de la isla, justo esas operaciones político-empresariales de calado, las que son problematizadas, las que deben ser analizadas y discutidas por la población. Si la democracia es el sistema por el que la ciudadanía no sólo participa en el gobierno sino que se da leyes a sí misma, me temo que estos grupos políticos de pretendida confluencia progresista como LPGC Puede o aquellos con aires (en su momento) rupturistas de base popular y empoderamiento ciudadano como Podemos están condenados a contradecirse a cada momento y, como inevitable consecuencia, a traicionar aquellas esperanzas que muchos depositamos en su momento y que algunos siguen manteniendo todavía.
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